El cliente presentó los indicadores con satisfacción. EVM en verde. Índice de desempeño de costo por encima de 1. Flujo de caja estable. Avance físico acorde al programa.
"Todo está bajo control", dijo.
Cuatro semanas después me llamó para pedirme una auditoría urgente. Habían solicitado la primera ampliación de plazo.
Lo que los indicadores no habían capturado era el estado real del sistema operativo. La utilización real de los frentes de trabajo. La acumulación silenciosa de variabilidad no absorbida. La densidad creciente de trabajo en zonas que ya estaban al límite de su capacidad.
El EVM mide eficiencia de costo y avance. No mide estabilidad sistémica.
El problema no era que los indicadores estuvieran equivocados. Era que medían las cosas correctas para un modelo de gestión insuficiente para el sistema que tenían entre manos.
Esa auditoría me confirmó algo que venía observando durante años: los proyectos no colapsan de repente. Se deterioran gradualmente mientras los instrumentos de control miran hacia otro lado.
El instrumento que faltaba no era más sofisticado en sus cálculos. Era conceptualmente diferente en lo que decidía medir.
